La Orinoquía tiene el secreto para enfrentar El Niño: las reservas familiares cuidan agua de Colombia

2026-07-27 04:23:29 - MUNDO

Cuando Catalina Mora era niña, llegar a su finca tomaba tres días. No había carreteras. El viaje terminaba por caminos reales y las trochas que recorrían los llaneros a caballo para atravesar la sabana inundable de Casanare. En medio de decenas de advertencias por un fenómeno de El Niño que se acerca con fuerza, los gobiernos locales y el Nacional (tanto saliente como entrante) tienen sobre la mesa la urgencia de prepararse estructural, económica y socialmente para enfrentar las posibles consecuencias de la temporada seca.

En medio de ese llamado, expertos de la organización WWF Colombia le explicaron a EL COLOMBIANO que un camino de éxito casi seguro sería mirar hacia la Orinoquía, la región que para Mora es hogar, pero que para Colombia podría ser la clave para garantizar el acceso a agua dulce de casi todas las regiones del país.

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La magnitud de la Orinoquía

La Orinoquía suele asociarse con los grandes llanos abiertos. Pero detrás de esa imagen existe un entramado de humedales, bosques, ríos y sabanas que cumple una función silenciosa. Según el último censo oficial, esta región concentra el 48 % de los humedales continentales de Colombia y el 32,47 % de sus reservas de agua. Con cerca de 35 millones de hectáreas, equivale al 22% del territorio nacional y alberga al menos 156 tipos de ecosistemas.

Sofía Rincón, coordinadora regional de la Orinoquía de WWF Colombia, le dijo a este diario que esa diversidad explica por qué la región será determinante durante la sequía: "Para Colombia hay diferentes tipos de respuesta o de afectación. En nuestro caso, lo que va a haber es una disminución de las lluvias y aquí es donde la Orinoquía tiene un papel importante".

Mientras gran parte del país enfrentará menos precipitaciones, explica, en la Orinoquía podría ocurrir lo contrario: "Es posible que se intensifiquen las lluvias porque la Orinoquía funciona, por decirlo de alguna manera, al revés del resto del país".

Ese comportamiento hace parte del ciclo hidrológico que conecta diferentes regiones. "Aquí vamos a estar en sequía, pero la Orinoquía nos va a ayudar a contener esa situación porque va a almacenar el agua y luego la va a liberar. Incluso, va a traer humedad desde el Atlántico y desde la parte de la Orinoquía en Venezuela, ayudando a conducir esa humedad para que llegue hasta Chingaza y podamos tener suministro de agua. Lo mismo sucede con la Amazonía", explica.

Según Rincón, ambas regiones son inseparables. "Si nosotros perdiéramos la Orinoquía, la Amazonía colapsaría mucho más rápido". La investigadora explica que la Orinoquía aporta cerca del 23% de las precipitaciones que llegan a Chingaza, el ecosistema que suministra agua para las grandes ciudades de la región, incluida Bogotá, mientras la Amazonía aporta otro 22%, un fenómeno conocido como los "ríos voladores".

Pero la conexión no termina en Bogotá. Durante años se habló de la Amazonía como la gran fábrica de agua del continente. Sin embargo, investigaciones recientes muestran que la Orinoquía también sostiene el funcionamiento de otras cuencas. "Ya no es solamente que la Amazonía dependa de la Orinoquía; también los Andes dependen de la Orinoquía como región", explica Rincón.

En ese orden de ideas, la investigadora señaló que desde centros especializados de Medellín han recogido evidencia de la conexión entre la Orinoquía, la Amazonía y sistemas como los ríos Cauca y Magdalena: esos que sostienen Antioquia. "Lo que demuestra es que todo nuestro sistema hídrico, todos nuestros grandes ríos, están conectados", explica.

Conservar como filosofía

La Orinoquía enfrenta hoy múltiples presiones. La expansión de sistemas productivos no sostenibles, la transformación de las sabanas naturales, la deforestación y las actividades extractivas amenazan un territorio que cada año pierde cerca de 200.000 hectáreas de ecosistemas naturales. Además, departamentos como Meta siguen aportando de manera significativa a la deforestación nacional.

Para Catalina Mora, sin embargo, conservar empieza por una decisión. "Una reserva natural nace de la voluntad de los propietarios de querer conservar la sabana inundable".

Ella creció entre Bogotá y los Llanos Orientales. En este último sitio, su casa se levantaba sobre la banqueta, el punto más alto de la sabana, donde el agua no llega. Desde esa ventana aprendió que el paisaje cambiaba con las estaciones y que el agua era la que marcaba el ritmo de la vida. Aquel territorio, con el tiempo, se convirtió en su bastión de resiliencia.

El conflicto armado obligó a su familia a abandonar la finca. Cuando regresaron, la reserva que habían construido ya no era la misma. "En ese momento la reserva tenía cerca de 3.000 hectáreas y, cuando regresamos, solamente nos quedaban 600", recuerda. El resto estaba ocupado: "No había nada que negociar".

El desplazamiento cambió incluso la forma de habitar el paisaje. "Yo crecí en esa sabana abierta y, cuando fuimos desplazados, el bosque fue el que nos acogió. La casa terminó construyéndose dentro del bosque. Ver esa transformación con nuestros propios ojos y todo lo que implicó para el territorio hizo que naciera ese amor por querer conservar".

Hoy La Palmita volvió a crecer, y llegar ya no toma tres días. La reserva reúne cerca de 250 hectáreas de bosque y 400 de sabana. Allí viven y trabajan cinco familias que encontraron una forma de sostener económicamente el territorio sin transformarlo. La familia Mora, por ejemplo, siempre ha vivido de la ganadería, la diferencia es que decidió no transformar la sabana.

"Mi hermano es ingeniero civil y tiene una especialización en hidráulica y recursos hídricos. Hemos tratado de mantener la sabana sin transformarla y seguir desarrollando una ganadería con buenas prácticas. Aprendimos a rotar los potreros, a hacer ensilaje y otras actividades que antes no conocíamos. No cambiamos la sabana, pero sí garantizamos un buen bienestar para los animales", explicó Mora.

A diferencia de otros ecosistemas, las sabanas inundables han sostenido durante siglos una ganadería adaptada a las dinámicas naturales del paisaje. Allí se ha desarrollado un modelo de conservación-producción de bajas emisiones de carbono que hace parte de la cultura llanera y ha favorecido la conservación de estos ecosistemas. La Palmita amplió esa apuesta.

Mora explicó que su familia desarrolla tres líneas de trabajo: investigación participativa sobre la sabana inundable, producción ganadera compatible con la conservación y proyectos culturales que buscan preservar los oficios tradicionales de los Llanos mediante residencias artísticas.

"Nuestra principal actividad económica sigue siendo la ganadería, pero no alcanza para sostener a las cinco familias que trabajan en la reserva. Por eso fue fundamental desarrollar el turismo, nos permite ser sostenibles y seguir conservando la sabana", dice.

La iniciativa de La Palmita es apenas una entre decenas, pero, según Rincón, quienes como Catalina y su familia han decidido declarar sus hogares como reserva natural han garantizado una descentralización del cuidado de los ecosistemas. "No se trata solo de los Parques Nacionales Naturales a cargo del Estado", explica. En medio de zonas protegidas que pueden cambiar por resoluciones, quienes deciden que sus hogares serán santuario alzan una barrera política: la filosofía es cuidar, no importa qué generación llegue.

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